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Atletismo

JJ.OO: Atletismo, en el salto en alto, la historia de un pacto de caballeros

La historia del pacto Barshim-Tamberi: un canto al deporte

Por LUIS VINKER / Clarín.com

La prueba masculina del salto en alto, el diálogo de Mutaz Essa Barshim y Gianmarco Tamberi con el árbitro, el abrazo entre ambos y la celebración quedarán marcados como un momento histórico para el atletismo como un símbolo de la nobleza de la competición y como una imagen imborrable de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020.Después de que ambos hicieran un concurso perfecto, atravesando en primera tentativa todas sus alturas (2m24, 2m27, 2m30, 2m33, 2m35 y 2m37), ambos también fallaron en 2m39. Pero la prueba estaba muy abierta, aún eran seis los competidores que seguían hasta allí peleando en zona de medallas.

Cuando los otros cuatro se quedaron, el oro debía decidirse entre el qatarí y el italiano. Tenían la posibilidad de un desempate, aunque en el atletismo no exige tiebreak ni definición por penales.

“¿Podemos compartir la medalla de oro?”, le preguntó Barshim al árbitro que ofrecía el desempate. El funcionario asintió y Tamberi no lo podía creer. El abrazo entre los vencedores fue conmovedor, lo siguieron las lágrimas del italiano y de su padre y entrenador, Marco, desde la tribuna.

¿Es de oro? Tamberi y Barshim muerden la medalla. Foto: Reuters

Las emociones no se detuvieron allí, ni siquiera cuando ambos fueron a envolverse en sus banderas y a iniciar la celebración tradicional. Al borde de la pista, Tamberi vio como otro italiano de su equipo, el Fiamme Oro de Pádova, asombraba al mundo al capturar la final de los 100 metros llanos: Lamont Marcell Jacobs. Probablemente, no podía comprender tantas emociones juntas. Y allí exhibía el yeso con la inscripción “El camino a Tokio”, por el que tanto había sufrido. Duras lesiones estuvieron, hace algunos años, a punto de dejar fuera de combate a Tamberi. Y también a Barshim.

“Simplemente nos miramos y ya sabíamos lo que íbamos a decidir. Eso fue todo. Gimbo es uno de mis mejores amigos. Este es el verdadero espíritu del deporte y es lo que queríamos transmitir”, afirmó Barshim, quien en su país es un ídolo nacional, es el Messi de los qataríes.

Si Italia prácticamente no tenía historia en el más alto nivel de los 100 metros llanos –aunque sí en otras pruebas de velocidad con Livio Berutti y Pietro Mennea, por ejemplo- Jacobs la colocó bien alto este domingo, terminando con el reinado de caribeños y estadounidenses. Pero tampoco los antecedentes italianos podían encontrarse en otra exigente disciplina como el salto en alto, donde sus mejores prestaciones olímpicas fueron los sextos puestos de Giacomo Crosa en México 68 y Rodolfo Bergamo en Montreal, ocho años más tarde. El propio padre de Gianmarco Tamberi, Marco, estuvo en la final de Moscú 80, pero sin optar a los puestos principales, quedó 15°.

Mutaz Essa Barshim y Gianmarco Tamberi con los brazos en alto. Foto: EFE

Tokio y la Guerra Fría

Y tenía que ser Tokio, nada menos, la sede para esta batalla épica del salto en alto, tal como sucediera en los Juegos anteriores celebrados en este mismo escenario del Estadio Nacional en 1964.

Retrocedamos a aquel momento, cuando la Unión Soviética comienza a apremiar a EE.UU. en las competiciones olímpicas. El salto en alto era territorio casi excluyente del escuadrón USA, que hasta Melbourne 1956 había ganado 14 de los concursos anteriores, pero la escuela soviética comandada por el maestro Vladimir Dyatchov había lanzado a un verdadero fenómeno: Valeriy Brumel.

El salto en alto, tal como se practicaba en aquella época, tiene muy poco que ver con lo que sucede en estos días. Los atletas “atacaban” la varilla de frente, ya sea como el estilo llamado “ventral” –Brumel era un perfeccionista del “straddle”- y algunos hasta utilizaban la rudimentaria “tijera”, tratando de pasar la varilla primero con una pierna, luego con la otra. Caían sobre pesadas colchonetas y, a veces, directamente sobre la arena.

En los Juegos Olímpicos de Roma, en 1960, un jovencísimo Brumel consiguió una medalla de plata, detrás de su compatriota Robert Shavakladze. Pero también allí crecía la rivalidad con el mejor de los estadounidenses, John Thomas, quien se convirtió en el primer hombre en pasar lo que –en su momento- se consideró una barrera “imposible”: los 2,20 metros. Thomas batió el récord mundial con esa altura en el estadio de la Universidad de Stanford, pocas semanas antes de los Juegos de Roma.

Sin embargo, la depurada técnica y el feroz gen competitivo de Brumel le dieron superioridad en sus encuentros (9-1). Algo que Thomas, con el tiempo, iba a comprender con cierta filosofía: “Gané mucho más por ser el segundo que por ser primero. Si hubiera ganado tantas competencias, no habría aprendido tanto de la gente”, contó al ser homenajeado a su retiro en la Universidad de Boston.

Valeriy Brumel en Tokio 1964.

Valeriy Brumel en Tokio 1964.

También en esa época, marcada por la guerra fría, los matches atléticos EE.UU.-URSS que se celebraban anualmente representaban un remanso, un toque de paz entre tanta tensión. En 1962 compitieron en aquel estadio de Stanford, Brumel batió el récord mundial con 2,26 metros y ambos equipos se marcharon unidos, todos sus atletas desfilaron tomados de las manos, ante la ovación de 70 mil espectadores.

Brumel, a lo largo de su campaña, batió seis veces el récord mundial hasta colocarlo en 2m28, marca asombrosa en esa década y que consiguió en otro enfrentamiento con Estados Unidos, el 21 de julio de 1963 en el estadio de Moscú (Lenin por entonces, Luzhniki en nuestros días).

Los Juegos de Tokio ofrecían, entre sus platos fuertes, el nuevo duelo Brumel-Thomas, que se prolongó por varias horas. Ambos superaron los 2,18 metros y fallaron dos centímetros más arriba, quedando la medalla de oro para el soviético, que había necesitado sólo un intento en los 2m16 contra dos de su rival.

La seguidilla de récords y el oro olímpico convirtieron a Brumel en un símbolo del deporte soviético, con una popularidad a la altura de Yashin o, aún más, comparable a la de Yuri Gagarin…

Brumel había nacido en Siberia, era hijo de geólogos ucranianos, que fueron trasladados (cuidados, en realidad) hasta allí cuando su país era invadido por los nazis, en la Segunda Guerra Mundial. Después de su victoria en Tokio, iba a tomarse el 65 como “sabático” cuando, en octubre y en una fría noche moscovita, chocó con su moto.

Las fracturas obligaron a varias operaciones, pudieron salvarle la pierna, pero ya no volvió a saltar. Se licenció en psicología deportiva, intentó carrera como dramaturgo y escribió una ópera basada en su propia vida. Valeriy Brumel murió el 26 de enero del 2003 en Moscú y está enterrado en el cementerio de Novodevich junto a varios héroes rusos.

John Thomas, el gran rival de Brumel. Foto: archivo

John Thomas, el gran rival de Brumel. Foto: archivo

El Fosbury Flop

En los Juegos Olímpicos de México, en 1968, los estadounidenses recuperaron la hegemonía del salto en alto. Pero aquel momento fue revolucionario para la especialidad y no específicamente por el resultado de la prueba: Dick Fosbury, el vencedor, utilizaba un sorprendente estilo, tomando a la varilla con su espalda. Los expertos dudaban en un principio de esa técnica pero, a partir de allí, es la que emplean todos los especialistas del salto en alto: el popular Fosbury Flop.

El récord mundial de Brumel recién fue mejorado hace exactamente medio siglo por otro estadounidense, Pat Matzdorf, con 2,29 metros en Berkeley, aunque en realidad un chino llamado Ni Chi-Chin había logrado esa misma altura algunos meses antes: no lo homologaron ya que China aún no estaba integrada a las competiciones oficiales del atletismo ni a los Juegos Olímpicos.

Los tiempos más cercanos del salto en alto trajeron a quien fue, probablemente, el más talentoso y notable de todos los especialistas: el cubano Javier Sotomayor. Solamente por el boicot que el régimen de su país decidió con los Juegos Olímpicos de Los Angeles 1984 y de Seúl 1988, la cuenta de medallas doradas del “Soto” en las citas olímpicas no es mayor, dispone sólo de la que consiguió en Barcelona 92, además de un segundo puesto en Sydney 2000.

Javier Sotomayor, en acción.

Javier Sotomayor, en acción.

Pero Sotomayor elevó la especialidad a niveles impresionantes y su récord mundial de 2,44 metros, conseguido hace casi tres décadas en Salamanca (27 de julio de 1993) todavía permanece intocable. El cubano llegó a saltar 2,40 metros o más en 17 oportunidades, una de ellas en nuestro país, cuando deslumbró durante los Juegos Panamericanos.

Barshim, el saltarín mágico

Recién la aparición de Barshim pareció vislumbrar un retoque al récord, pero se quedó a las puertas: 2,43 metros como mejor marca personal hace siete años en Bruselas y una decena de competencias por arriba de los 2m40.

Nacido el 24 de junio de 1991, Mutaz Essa Barshim es un formidable competidor y un saltarín que, con cada detalle técnico, deslumbra multitudes. Se proclamó campeón mundial en dos oportunidades, Londres 2017 y Doha 2019, aquí delante de su propio público.

“No soy una leyenda. A veces las leyendas no son ciertas. Pero estoy muy feliz de que haya venido tanta gente y de haber ganado en casa, se siente diferente. Quería hacerlo por ellos. Son los campeones, no yo”, dijo aquella vez.

Para Barshim, ese triunfo mundialista le permitió volver definitivamente a los primeros planos, después de la lesión que sufrió un año antes en Hungría, en un torneo donde –sobre 2,46 metros- intentaba batir el récord de Sotomayor.

Mutaz Essa Barshim, el Messi del salto en alto.Foto: REUTERS/Kai Pfaffenbach

Mutaz Essa Barshim, el Messi del salto en alto.Foto: REUTERS/Kai Pfaffenbach

Padeció rotura de ligamentos en un tobillo, en una escena que pareció calcada de lo que le había sucedido a su amigo Tamberi antes de los Juegos Olímpicos de Rio 2016.

Barshim peleó por su primer oro olímpico en los Juegos de Londres, en 2012, donde se quedó en 2,29 metros. El triunfador fue el ruso Ivan Ukhov con 2m33, la misma altura que el estadounidense Erik Kynard. La medalla de bronce del qatarí, compartida con otros dos atletas, está por convertirse en medalla de plata, ya que Ivan Ukhov fue descalificado por el TAS y está pendiente su apelación.

En los Juegos siguientes, en Rio de Janeiro, el triunfador fue el canadiense Derek Drouin con 2,38 metros y Barshim se aseguró, esa vez sí, la medalla de plata con 2m36, relegando a su gran rival de esos momentos, el ucraniano Bogdan Bondarenko.

El momento del pacto entre Gianmarco Tamberi y Mutaz Essa Barshim. Foto: EFE

El momento del pacto entre Gianmarco Tamberi y Mutaz Essa Barshim. Foto: EFE

Tamberi volvió a volar

Para aquellos Juegos en Río ya se mencionaba entre los candidatos a Gianmarco Tamberi, que emergía en todo su esplendor: campeón europeo en Amsterdam, un mejor registro personal de 2m38 en competencias bajo techo, durante la temporada invernal, el título mundial “indoor” en Portland y un registro de 2m39 en las pruebas al aire libre.

Esto sucedió semanas antes de los Juegos Olímpicos, el 15 de julio en Montecarlo. Y cuando pasó a la altura siguiente, atacando los 2m41, sufrió la rotura de ligamentos en el tobillo, esa que pudo costarle definitivamente la carrera.

Por eso, ahora en sus lágrimas y su emotiva descarga después de disfrutar el oro en Tokio, pudo exhibir la planta de yeso y contar: “Después de la lesión, mi único sueño era volver. Me habían dicho que tal vez no podría saltar más… Fue un largo viaje, estuvo mucho tiempo esperando, pero el sacrificio valió la pena”.

Economista y músico de rock, Gianmarco Tamberi celebra la medalla de oro tras la final masculina de salto en alto. Foto EFE/ Diego Azubel

Economista y músico de rock, Gianmarco Tamberi celebra la medalla de oro tras la final masculina de salto en alto. Foto EFE/ Diego Azubel

Tamberi nació el 11 de junio de 1992 en Civitanova, en la región de Macerata, y vive en Ancona. Sus comienzos se dieron con  el básquet, pero hacia el 2010 comenzó a practicar atletismo, estimulado por su padre.

También se diplomó en Economía y es baterista de una banda de rock, Dark Melody. “Gimbo se alimenta de la energía de las multitudes”, cuentan en su federación, la FIDAL, por el espíritu festivo que anima en las competencias.

Seguramente lo habrá extrañado en Tokio –la pandemia obliga a competir sin público- pero se estimuló con quienes le rodeaban, asistentes del equipo y todos los que batían palmas en la previa de los saltos.

Tamberi estuvo casi un año alejado de las competencias, en trabajos de rehabilitación, a principios de esta temporada logró el subcampeonato europeo de pista cubierta y volvió a mostrar un nivel vecino a los 2m35.

Gianmarco Tamberi felicita a su compatriota Marcell Lamont Jacobs, ganador del oro en los 100 metros. Foto: EFE/EPA/CHRISTIAN BRUNA

Gianmarco Tamberi felicita a su compatriota Marcell Lamont Jacobs, ganador del oro en los 100 metros. Foto: EFE/EPA/CHRISTIAN BRUNA

Amigos de oro

Su amistad con Barshim data de una década atrás, cuando participaron en el Mundial Junior de Moncton. “Simplemente nos entendimos, nos hicimos amigos, fui a su casamiento. En la competencia todos queremos ganar, pero ambos comprendemos lo que difícil que es el salto en alto y cuánto nos sacrificamos para volver”, dijo el italiano.

En más de un millar de finales olímpicas de atletismo realizadas desde 1896 hasta nuestros días, esta será la segunda vez que en los registros aparecerá una medalla de oro compartida.

La anterior data de 1912, pero tiene escasa relación. Luego de los Juegos de Estocolmo, donde había arrasado en el Decathlon, descalificaron al estadounidense Jim Thorpe por supuesto profesionalismo (con un tinte racista en la decisión, por su ascendencia de comunidades originarias). Le pasaron la medalla de oro al sueco Hugo Wieslander. Recién siete décadas más tarde, el COI aceptó devolverle el título a los descendientes de Thorpe, aunque sin desalojar de ese puesto al sueco.

Lo sucedido ahora en Tokio es distinto, y hasta sorprendente. Un canto a los mejores valores del deporte donde la pasión y la entrega de cada uno no es incompatible con el reconocimiento de la calidad del rival. Tamberi y Barshim emocionaron a todos.

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